Luz tenue, amarilla, en las tres arañas que presiden el gran espacio con clima mortecino. Luces ambientales fucsia y azul, y velas en las mesas ratonas de los livings. Manteles y copas.

La sala Siranush es un hermoso teatro que forma parte del complejo de la comunidad armenia, en el corazón de Palermo Soho, en Buenos Aires. Una vez que la sala se colma de público, todos de 25 años para arriba y ubicados también en el balcón superior del lugar, sobre el escenario lleno de humo aparecen los músicos: Silvina Garré y Nito Mestre se volvieron a juntar, como hace cinco años, junto a su sólida banda.

El ambiente es amable e intimista, tal como requiere la propuesta de los artistas, que dejan por un momento sus proyectos personales para reencontrarse simplemente “Por amor a las canciones”, como llaman su show, que luego de estar en la Capital Federal saldrá de gira nacional. En Tucumán, la escala será en junio, en el teatro Mercedes Sosa.

“Sin el aspaviento de ‘la gran reunión Garré-Mestre’, como suele plantearse este tipo de encuentros, nos juntamos a divertirnos, a hacer algunos recitales y después veremos qué pasa”, dijo en una entrevista, sin atisbo de divismo, el señor Mestre. “Es la manera en que nosotros manejamos nuestra carrera y nuestra vida. Es un proyecto profesional que pasa por la elección y por el gusto de tocar juntos”, definió la señora Garré.

“Si la historia la escriben los que saben…”, plantea de entrada ella, y sacude la memoria. El recorrido que armaron los dos referentes de la música argentina pasa por criterios de elección de mutua admiración y, por ende, se trata de canciones instaladas en la historia del rock nacional.

Fluyen los recuerdos: “Algo me acerca, algo me aleja…”, canta Nito. Pero lejos de toda pretensión de nostalgia almibarada hay arreglos nuevos, armonías desconocidas. Otras músicas. Propias o de Litto Nebbia, quien asegura que “viajando se fortalece el corazón”; Jorge Fandermole yendo a su pinar; León Gieco subiendo la colina de la vida, o James Taylor que autoriza a cerrar los ojos.

Todo está planteado como para que no queden dudas de por qué amamos esas canciones.

Chicos grandes

Lejos de la ramplonería de exchicos rebeldes de los 70-80, Garré y Mestre son ahora dos chicos grandes, experimentados y cancheros en escena. Transcurren entre chistes que los llevan a compararse con Pimpinella, o hasta a olvidarse de un final de frase en una canción, pero van tranquilos por el recorrido, bien ajustado en tiempos y en formas, y apoyados por músicos a su medida.

Hacia el final del recital asoma aquel “fabricante de mentiras”, con el coro del público muy exacerbado. El primer bis explota con cajón peruano porque se “fuerza la máquina”, y el todo el salón baila. Un himno para la despedida: claro, nadie se puede ir sin “rasguñar las piedras”.

Es la misma poética de siempre, cargada de mensaje, que cobra nuevo sonido, otro sentido. Lejos del recuerdo quieto, cerca de la música popular que nos construye. Garré y Mestre dejan en claro, al margen de voces y estados físicos envidiables, que 30 años no son nada cuando las premisas son la coherencia y la calidad musical.